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5.5.13

Relación pedagógica

Todos los profesores deseamos algún patrón de relaciones con nuestros alumnos. Una personal combinación de respeto, cercanía, autoridad, afecto, disponibilidad... Este ideal determina nuestra relación pedagógica con los alumnos.

Las relaciones en clase son simbióticas. Lo que los maestros y profesores hacemos influye, cuando no determina, el tipo de relación que nuestros alumnos tienen con nosotros.  Una simbiosis que debería ser mutualista, es decir, una relación de la que ambos salgamos beneficiados. Me gusta afirmar, no sin cierta provocación, que tenemos los alumnos que merecemos. Es  decir, los alumnos nos tratan según los tratamos a ellos, a pesar de encarnar roles diferentes en el aula.

Symbiosis
Líquenes, simbiosis entre hongos y algas 
No creo que haya un modo correcto o mejor para la relación pedagógica. Más allá del carácter y personalidad de cada maestro, la relación pedagógica se inscribe en una cosmovisión de la docencia que es personal. Cada docente es una idiosincrasia.

De lo que estoy convencido es de que una buena relación pedagógica es tan fundamental que es un requisito para el aprendizaje. Y, por ello, debe ser sujeto de reflexión y acción deliberada por parte del docente. Hay que dedicar tiempo y acciones a su construcción y cuidado.

A veces, por la mera conversación informal entre colegas, veo a compañeros totalmente ajenos a esta responsabilidad, confiando en que el sistema de códigos y convenciones escolares será suficiente para conformar una buena relación pedagógica. Algo totalmente equivocado.

La escuela proporciona las reglas de juego en una personal partida con los alumnos. Nadie va a a jugar por ti ese partido. Empieza el primer día de clase y termina con el curso. Naturalmente, una buena convivencia general -eso que llamamos clima de centro- es un terreno favorable. Pero no garantiza ningún resultando.

Uno puede anticipar conflictos, ambientes propicios a la indisciplina, laxitud en el trabajo... viendo como, día a día, imperceptiblemente, algunos docentes tienen abandonada la creación y mantenimiento de una buena relación pedagógica con sus alumnos.

29.6.08

Sobre el último día de clase

Parece que fue ayer, pero han pasado nueve meses. Finalizaron las clases ordinarias, la semana del Crédito de síntesis, la semana de los “exámenes de suficiencia” y las sesiones finales de evaluación de los equipos docentes. Ya entregamos las notas a los padres. Se mezclan tantos sentimientos contradictorios en los finales de curso que merecerían un extenso comentario, pero el cuerpo (docente) ya no está para estos menesteres. Sin embargo, no me resisto a comentar el último día de clase, pues me parece el contrapunto necesario a los comentarios sobre el primer día de curso.

Igual que el primer día de clase, el último es sumamente importante. Si el primero era un encuentro, el último es una despedida. Todo fundamental en las relaciones humanas y, por tanto, en la relación pedagógica.


A mí me parece que el último día de clase no es para dar las notas. Las notas hay que procurar darlas antes, explicarlas, exponerlas, dar cuenta de ellas. Y hablar especialmente con aquellos que no han aprobado, en un espacio personal y no delante de todos los compañeros, algo siempre incómodo y desconsiderado.

El último día suelo hacer una evaluación de la asignatura y del profesor. A veces consiste en una conversación organizada, otras veces en un documento escrito. Un test anónimo de valoración del curso y de mi trabajo que incluye un apartado abierto para aportaciones personales y propuestas de mejora. Tiene algo de rutinario, pero también permite que afloren opiniones, valoraciones, críticas o agradecimientos de los alumnos que siempre son fuente de mejora.

Sin embargo, mis dos tareas principales del último día son otras: dar las gracias y pedir perdón.

Dar las gracias a todos aquellos que han trabajado, que han confiado en nosotros para aprender y cambiar, que se han atrevido a equivocarse y a mejorar. Gracias a todos por compartir clases buenas, mediocres y malas. Y gracias por aquello de valioso que han aportado al grupo y al centro. Esto último es fundamental en mi aula, pues prácticamente nunca “doy la clase” sino que más bien “la hacemos” entre todos.

Y pedir perdón por los errores y las torpezas que seguro he cometido: no atender a alguien como necesitaba, no saber dar respuesta a sus dificultades, alzar la voz más de la cuenta, imponer una opinión personal, sancionar injustamente o no estar a la altura del reto que supone ser profesor. Qué difícil que es este oficio, por Dios!

La petición de disculpas o el agradecimiento es mucho más que una formalidad social, es un reconocimiento de la calidad humana de las personas. A menudo exigimos ambas cosas a los alumnos y somos incapaces de practicarlas nosotros mismos. Es asombrosa la reciprocidad que produce una disculpa auténtica y un agradecimiento sincero: aparecen alumnos que se disculpan, se recomponen complicidades perdidas, surge la ternura y el afecto. En fin, que debes andar con la cabeza un poco fría para no terminar ahogándote en los sentimientos...

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Tengo un montón enorme de posts a medio escribir. Siempre me ha pasado y tengo innumerables fragmentos, apuntes y arrancadas. Incluso media docena de textos terminados que ya no publico porque, sencillamente, el tema salió de la agenda bloguera. Estoy reorganizando mis cosas, frenéticamente, en muchos frentes, preparando una mudanza. Voy a poner este blog en orden, por lo menos en la trastienda, a ver qué sale.

25.6.08

Sapere aude - Passion Quilt

“Propongo un educación que, desde la cuna hasta la tumba, sea inconformista y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y que conciba una ética para nuestro afán desaforado y nuestro legítimo derecho de superación personal. Que integre las ciencias y las artes en la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo, que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas.”

Escrito por Grabriel García Márquez según cuenta Jaume Carbonell en Una educación para mañana (2008). Incapaz de nada mejor, espero con su transcripción saldar mi deuda con Juanjo y dar las gracias a Alejandro.




Humor, inteligencia, complicidad, conocimiento, compañerismo y desparpajo, veo yo en esa foto. Esto y mucho más aprendo a diario de mis alumnos. La foto tiene tres años, de cuando estos chicos cursaron una optativa de práctica instrumental conmigo, estábamos preparando un concierto. Lo recuerdo como si fuese ayer. Este curso acaban de terminar sus estudios de bachillerato y emprenderán otros caminos, dejando el IES Arraona. Son estos pero podrían ser otros. Siempre diferentes e iguales a la vez. Ignoro lo que aprenden en mis clases, solamente sé lo mucho que aprendo con ellos: Sapere aude!


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Yo también me marcho. Y partir es morir un poco.

21.2.08

Evaluación y confianza en educación

Hay en todas las propuestas de mejora de la educación una obsesión por la evaluación. De los conocimientos de los alumnos, de la capacidad de los docentes, de la eficacia de la implementación de los recursos TIC… de lo que sea. Hay que evaluar el sistema para garantizar que, a partir de ahora, las cosas saldrán mejor, parece ser la consigna del momento.

Leo en muchos foros que esta obsesión por la evaluación viene determinada por la influencia cada vez más creciente del mundo de la gestión empresarial. Es posible que así sea, pero creo que muchos olvidan que esta corriente siempre ha estado latente en el control social que se hace de la escuela. Creo que la única diferencia es que los sistemas educativos son ahora muy permeables a estas influencias y antes no lo eran. ¿A qué se debe esto?


Con la extensión masiva de la educación se ha garantizado el acceso a la educación de muchos más niños y jóvenes, pero no se ha garantizado el aprendizaje. Escolaridad para todos no significa éxito escolar para todos. Es verdad que el patrimonio cultural y el poder adquisitivo de las familias constituyen un hecho determinante en la consecución de mayores metas. Esto puede ser una explicación, pero no es una justificación. Precisamente, conociendo esta variable, los sistemas públicos deberían haber garantizado la compensación de esta desigualdad tan patente. Simplemente, se ha democratizado el acceso a la escuela, pero no se ha democratizado el éxito escolar. Y esta incapacidad ha generado una tremenda falta de confianza en el sistema.

En consecuencia, es esta desconfianza en la validez del sistema lo que ha permitido la penetración de ideas del mundo de la gestión empresarial en el ámbito educativo, olvidando una verdad incontrovertible: que la escuela no es una empresa. La desconfianza es la causa profunda de la actual obsesión por la evaluación. Se tiene la ingenua esperanza de que manteniendo en permanente auditoría al sistema educativo se garantiza una mayor eficacia y una mayor calidad. Y de que con ello se va a restituir la confianza perdida.

Pero perseguir la mejora del sistema a través de la evaluación es un error estratégico. Supongamos que tras evaluar minuciosamente todas las variables educativas tenemos un conocimiento más preciso de la realidad. ¿Necesitamos realmente este conocimiento para mejorar? ¿No serán esfuerzos dilapidados en afinar el termómetro para llegar a la conclusión de que el enfermo tiene fiebre? Todo profesor sabe que a base de poner más exámenes no mejora sustancialmente el aprendizaje. Puede aumentar la presión en un primer momento pero, a la larga, su valor de cambio se impone sobre su valor de uso: me esfuerzo en aprobar en lugar de esforzarme en aprender.

Insistir en la evaluación puede, al mismo tiempo, incrementar la desconfianza entre los propios agentes del sistema. Existe una fijación por parte de cada estamento en responsabilizar a otros de la situación actual: que si la administración, que si el profesorado, que si las familias, que si el contexto social… en fin, hay jarabe de palo para todos! Empecinarnos en encontrar las verdaderas causas y los verdaderos culpables es un lastre fenomenal a la hora de entendernos y de proponer mejoras efectivas. A estas alturas, me da igual quién tiene “la culpa” y cuál es “la causa” del estado actual de la enseñanza. Espero que Juanjo Muñoz, de Efervescente2H, me lo quiera perdonar… Seguramente, la responsabilidad estará repartida y allá cada uno con su trayectoria personal y su conciencia. Si consiguiéramos desterrar la búsqueda de culpables daríamos un gran paso.

Arrogarse este propósito contribuiría a abandonar otra creencia nefasta: la de pensar que de la búsqueda de las causas se desprende el hallazgo de las soluciones. La comprensión de las causas, su conocimiento preciso, puede que nos ofrezca un diagnóstico un poco más certero de la situación presente. Pero del análisis de las causas jamás obtendremos la invención de las soluciones. No hay un manual de instrucciones al que acudir ni un libro de recetas educativas que aplicar. Es más que probable que la situación actual necesite soluciones nuevas.


A mi entender, la posibilidad más viable que tenemos de recuperar la confianza en el sistema educativo es ponernos a trabajar juntos en la creación de propuestas educativas consensuadas. Propuestas que abarquen todos los aspectos educativos: desde la formación del profesorado hasta los currículums, desde la relación entre escuela y familia hasta el compromiso de todos los demás actores sociales. Lo primero debe ser restablecer la confianza entre los propios agentes educativos, que tanta falta nos hace. Y, a la larga, esto nos permitirá mejorar y recuperar la confianza de la sociedad.

Es consecuencia, lo más razonable sería poner el énfasis en la creación de proyectos innovadores y no en el establecimiento de formas más afinadas de control sobre el sistema. Generar confianza entre todos los estamentos para poder trabajar de forma conjunta y recuperar, con el tiempo, la credibilidad de la sociedad.

Acabo con un ejemplo de lo mío, que es el profesorado. Maija Flinkman , una profesora de Finlandia, comentaba lo siguiente sobre el sistema educativo inglés, en el que acababa de impartir una semana de clases:

“Una gran cuestión es la confianza. En Inglaterra los profesores estaban todo el tiempo hablando de las inspecciones y de las pruebas. Tengo la sensación de que esto es malo. Al parecer, esto restringe mucho la libertad de los maestros. En Finlandia los profesores son increíblemente libres para tomar decisiones acerca de cómo enseñar.” (27')

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No digo que no deba existir una evaluación del profesorado. Lo único que afirmo es que la falta de confianza no se resuelve con más evaluaciones sino con la convergencia de todos los agentes y con la mejora de la calidad del sistema. De la evaluación del profesorado estoy dispuesto a hablar, porque hay mucho que decir sobre ello. Pero será otra noche...

25.1.08

No voy a hablar del informe PISA...

... porque no lo he leído. Pero sí que he seguido con creciente desinterés las múltiples y variadas interpretaciones que se han hecho de él. No voy a entrar en el juego ni referirme a ningún comentario en concreto, pues todos los habréis leído en los blogs y tendréis, como yo, vuestras preferencias.

Me limitaré a convenir que probablemente tiene razón José Saturnino Martínez refrendando que la reacción que ha propiciado el Informe PISA es una prueba más del “atraso cultural” de nuestro país. Aunque no considero que el estilo español de debate intelectual sea la suma de anécdotas e indignación. Yo a eso no lo llamo ni debate ni intelectual. Y esa es nuestra gran desgracia: la ausencia de efectivo debate intelectual.

Más allá de recopilar datos, un informe debería servir para comprender e interpretar el contexto de los datos, para orientar las discusiones con realismo y para ayudar a tomar las mejores decisiones.

Como no lo he leído, no sé hasta qué punto los dos volumenes del Informe Pisa cumplen su cometido, pero a tenor de los comentarios, la mayoría de sus lectores no lo han utilizado para ninguna de las tres finalidades.

Algunos se apuntan a los detalles sin considerar el informe en su conjunto, otros lo abordan de forma general y omiten detalles y contexto. Los últimos insisten en el contexto para difuminar los detalles. Pero la gran mayoría coinciden en lo fundamental: lo utilizan para corroborar lo que ya pensaban antes de leer el informe. Y arremeten contra aquellos que opinan de forma diferente basándose en aquel aspecto que mejor conviene a su postura.

Un clásico. Qué difícil es tratar de apartar las opiniones de los hechos. Qué difícil es separar los sentimientos de los argumentos. Qué difícil es simplificar lo complejo sin caer en la caricatura o en la manipulación. Y sobre todo, qué difícil es comprender, aprender y cambiar.

Sociólogos, psicólogos, pedagogos, profesores, maestros, periodistas, políticos... cuánto nos queda por aprender! ¿Cómo vamos a enseñar el valor del conocimiento o de la búsqueda de la verdad?, ¿Cómo vamos a transmitir la importancia del respeto y el entendimiento?, ¿Cómo vamos a inculcar la necesidad civilizadora del acuerdo?, ¿Cómo vamos a proclamar la profundidad humana del encuentro con el Otro? ¿Cómo vamos, finalmente, a educar a nuestros jóvenes dando semejante ejemplo?

En fin, ya pasó el vendaval. Creo recordar que en algún blog se lamentaban de que dentro de unos meses todo quedaría olvidado. Pues menos mal, me digo yo. Porque los que no leeremos jamás entero el informe PISA tenemos mucho trabajo urgente cada mañana con nuestros alumnos. Y todo esto nos alborota, nos entretiene, pero no nos sirve para mejorar.

Algunos casi preferiríamos ignorar este falso debate intelectual. Quizás para no perder la esperanza de que los que sí deben leer a fondo el Informe Pisa y los que sí toman las decisiones, lo hagan de otra manera. Algunos preferimos, pues, pensar que, entre tanta cantinela y tanta confrontación, alguien con buen criterio utilizará el informe para tratar de entender qué pasa en nuestro sistema educativo y de tomar consensuadamente las decisiones que nos conduzcan a una mejora de la educación…

Por el bien de todos, que así sea.

Web del Informe PISA 2006 en inglés (Todavía no está en español) [Informe PISA en PDF]

Informe PISA 2000 e Informe PISA 2003 (En español)

El gobierno vasco ha traducido la parte referida al País Vasco.

El gobierno catalán ha elaborado un resumen de la parte referida a Catalunya.


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Los sindicatos catalanes se han puesto todos de acuerdo por primera vez en muchos años. Para organizar una huelga en contra de las propuestas del gobierno catalán. ¿No es posible que nos pongamos de acuerdo todos para ir a favor de algo? Qué cansancio me invade…

1.12.07

Apuntes sobre el tratamiento de la diversidad

Ya sabemos que la pedagogía suele abusar de los neologismos y de una jerga académica algo obtusa para ganar cierto estatus científico. Esto sería comprensible si no viniera aparejado a la utilización de auténticos eufemismos a la hora de llamar al pan, pan y al vino, vino. Si me fuera dada la posibilidad de volatilizar palabras no tengo ninguna duda de cuál sería mi candidatura: “tratamiento de la diversidad”.

¡Cuántas barbaridades se dicen en su nombre, cuántas medias verdades y cuántas mentiras enteras! Bajo el paraguas del “tratamiento de la diversidad” se cobija, sencillamente, todo. Corolario: bajo la consigna de que los profesores debemos “atender a la diversidad”, debemos ocuparnos absolutamente de todo lo que compete a nuestros alumnos.

Según mi parecer los profesores, en una escuela digna de ese nombre, deben apropiarse sin reparos y con un verdadero compromiso del tratamiento de la diversidad. Pero de la diversidad entendida desde el punto de vista pedagógico. Y esa “diversidad” se podría repartir, grosso modo, en tres campos de diferenciación.

  1. La diversidad de intereses de los alumnos. El alumno aprende mejor si lo hace con curiosidad o entusiasmo. Y hay cosas que ya le interesan cuando cruza el umbral de la escuela. Aceptemos sus intereses como punto de partida, apoyémonos en esa chispa para convertirla en una llamarada. Pero tampoco nos resignemos a sus intereses, tratemos de crear nuevos intereses, trabajemos para despertar ese interés por los objetivos educativos que nos han sido asignados. No dejemos el interés al azar, no ignoremos el deseo. Reconozcamos su existencia y pongámonos a despertarlo! Bien sabemos que el amor por la literatura, la filosofía o la música no se reparten socialmente con equidad.

  2. La diversidad de aptitudes de los alumnos. Aceptemos sin reparos que no todos los alumnos tienen las mismas aptitudes y capacidades. Aceptar este aspecto de la diversidad significa, precisamente, que no vamos a renunciar a que todos aprendan. Tratemos de proponer una enseñanza que estimule a cada uno a ir más allá de lo que le resulta fácil y cómodo. No busquemos un justo medio que no hace sino empobrecer a todos! Exijamos a cada uno el esfuerzo (sí, el esfuerzo) imprescindible para llevar a cabo un objetivo asequible que enriquezca sus posibilidades, sus conocimientos, sus competencias, sus valores.

  3. La diversidad de perfiles de aprendizaje de los alumnos. Basta conocer cómo aprende cualquiera de nuestros semejantes para ver que todos somos distintos. A pesar de compartir una misma lengua, no hay dos hablantes iguales, a pesar de compartir un mismo repertorio de inteligencias, no todos las usamos igual. Podemos simplificar agrupando distintos estilos cognitivos, tipos de inteligencia, hábitos evocativos, etc. Pero siempre sobresale la exuberancia y la singularidad de las estrategias de aprendizaje personales. Ampliemos nuestra paleta pedagógica, atrevámonos a diferenciar los contenidos, los procesos y las producciones finales para que den respuesta a esta riqueza.

Gestionar toda esta complejidad no es tarea fácil. Cada uno de estos ámbitos supone un reto mayúsculo. Ya sabéis que creo que diversificar sin excluir es el gran reto de la escuela actual. Quizás seré atrevido, pero nadie me podrá achacar una falta de ambición pedagógica…

Esa es mi parcela de responsabilidad en el “tratamiento de la diversidad”. Una diversidad, dicho sea de paso, que la escuela más tradicional no asume y que se compadece muy mal con una actitud antipedagógica. Una diferenciación que incluye a todos los alumnos y no solamente a aquellos que, abusando de la expresión, ponemos en el desdichado saco del tratamiento de la diversidad.




Y es que los problemas de salud mental, de abandono familiar, de conductas disruptivas, de marginalidad social, de integración cultural y lingüística… no son problemas pedagógicos. Es decir, abordarlos no es responsabilidad del profesor. Acaso será responsabilidad de todos, esto es, de médicos, psicólogos, psicoterapeutas, educadores de barrio, jueces, etc.

Quizá la escuela deba ser el marco para abordar todos los problemas de la infancia y la juventud. Personalmente, me parece muy bien. Jamás he sostenido que la escuela deba restringirse a la instrucción como defienden mis colegas antipedagógicos. Pero no puede ser responsabilidad exclusiva de los profesores, no podemos pagar todos los platos rotos. Los problemas de la infancia deben ser responsabilidad compartida entre todos los agentes sociales, educativos, sanitarios, judiciales, etc. Todos aquellos que gravitan alrededor de nuestros niños y jóvenes. Todos ellos deberían estar en la escuela y trabajar, codo con codo, con nosotros.

Otra cosa es que, dada la importancia de la educación, debieran también implicarse todos los estamentos de la sociedad: medios de comunicación, agentes sociales, partidos políticos… pero ese ya sería otro post.


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Los que me conocéis personalmente sabéis que no me importa ir más allá de los límites de mi tarea docente. Somos muchos los que lo hacemos, no lo tengo a ninguna gloria. Pero no lo hago atendiendo a mis obligaciones profesionales sino a mis convicciones personales. Cualquier alumno que entra en mi clase se convierte en mi huésped y su suerte personal me acompañará mientras sea mi alumno, más allá de su éxito escolar. Pero esta es mi forma de vivir la docencia, nadie puede exigirla a los profesores. Hasta ahí podríamos llegar!

27.10.07

Condiciones para el cambio educativo

Los cambios en educación, ya sean impuestos o voluntarios, se caracterizan por la ambivalencia y la incertidumbre. Es un hecho que deberíamos asumir sin dramatismos. También es cierto que los cambios que prosperan llevan asociados sentimientos de seguridad, superación y éxito personal y profesional. ¡Magnífico! Pero solamente al final y si prosperan. Y eso no lo garantiza nadie. ¡Vaya!

Hay más. Aunque el cambio educativo pueda ser razonable y el proceso de implementación bien planificado –algo insólito, ¿verdad?- surgirá en los profesores implicados un decidido impulso a rechazarlo. ¡Y eso también debemos asumirlo sin dramatismos! Pues no es suficiente que el cambio tenga sentido para los reformadores, debe tenerlo para los que lo llevamos a cabo. Por ello no basta con modificar las estructuras, los requerimientos formales o las prácticas docentes. Hay que modificar nuestra cultura escolar para que las nuevas prácticas y los nuevos valores tengan sentido para los agentes del cambio. Y los cambios de hábitos y de creencias son rechazados inicialmente porque obligan a renunciar a las concepciones propias, precisamente en un entorno de incertidumbre y ambivalencia. Y sin entrever el enriquecimiento personal y profesional que pueda conllevar en el futuro.

Estas transformaciones profundas requieren, entre numerosas variables, un tiempo considerable. Lo saben bien todos aquellos que se dedican a la formación. Adoptar (o imponer) nuevas estructuras o estrategias sin considerar las tensiones profundas que se generarán en relación a la cultura escolar existente tiene el resultado inmediato que sabemos todos: empeora las cosas.

Así que la primera obligación para el cambio consiste en que exista un marco en el que el cambio sea ciertamente posible. Un marco favorable incluso para aquellos profesores que estamos comprometidos con la mejora educativa y que a priori estamos dispuestos a pasar por todo lo descrito: incertidumbres, cambios en nuestra cultura pedagógica, resultados provisionales, éxitos a largo plazo, etc.



Pues bien, pienso que estas condiciones no se dan en absoluto. Se han hecho algunos pasos tímidos en la buena dirección, como traer la formación a los propios centros, unificar distintos servicios educativos, promover/imponer planes de mejora… pero seguimos sin crear las condiciones para que el cambio sea posible.

Detallo tres aspectos que me parece que no se consideran suficientemente y minimizarían los rechazos, las incertidumbres y la resistencia inicial que todo cambio educativo conlleva.

1. Se subestiman las interacciones entre los diferentes agentes educativos. Una fase crítica de los procesos de cambio es la mutación que deben sufrir las propuestas para incorporarse de forma efectiva y permanente a las prácticas educativas y convertirse en mejoras reales e irreversibles. Es decir, el cambio nunca será como se planifica sino que se conformará a medida que se implemente, en interacción con los agentes, de manera que todos nos movemos en la incertidumbre porque nada será como pretende cada una de las partes (profesores, administración, padres...). Así que tendremos que dialogar y llegar a acuerdos entre administración educativa y docentes, por ejemplo, para encontrar “lo que podríamos hacer juntos”, que no será ni lo que quieren la administración ni lo que quieren los profesores...

2. Se subestiman los contextos reales. En educación secundaria, debido precisamente al contexto, los cambios son mucho más difíciles todavía. Lo urgente pasa por delante de lo importante. Si no existen condiciones que favorezcan los cambios en los contextos reales, hay que crearlas. Acercar la formación a los centros no es una propuesta eficiente si en los centros la formación se sitúa en los márgenes: horarios "extraescolares", profesores voluntarios, formadores sobrecargados, etc. Resulta que es más fácil no participar que comprometerse. Hay que cambiar el contexto creando las condiciones exactamente contrarias: que los que no se comprometan tengan menos ventajas y no más. Así de simple.

3. Se subestima la importancia de la cultura escolar existente. No se cambian las estructuras o el currículum antes de cambiar la cultura escolar. Es imposible. ¡Hay que cambiarlo todo a la vez! Y eso no se está ni tan siquiera intentando. La formación inicial para la reforma se hizo tan mal y tan improvisadamente que no modificó en nada la cultura escolar y, encima, puso a gran parte del profesorado en su contra. Tanto es así que quizá esa sea, en última instancia, la causa de que las administraciones educativas no hayan planificado grandes campañas formativas para que el profesorado asuma los cambios curriculares recientes -el trabajo por competencias, por ejemplo. Es posible que simplemente no se atrevan. Pero se equivocan profundamente, porque sin ese cambio los nuevos currículums, por ejemplo, serán papel mojado...

Hay más, pero un post no es un tratado. No soy un buen blogger, lo admito: escribo con poca asiduidad y de manera demasiado extensa. Procuraré enmendarme.

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Asistí a una jornada de formación sobre competencias básicas en el aula, a raíz de los nuevos currículums. Más de cien jefes de departamento y miembros de equipos directivos fuimos congregados durante tres horas para recibir una formación que resultó superficial y mal enfocada. Una verdadera lástima, pues se produjo el efecto contrario al deseado. Lo peor, sin embargo, no fue que la formación no estaba a la altura de los asistentes, lo peor es que se reforzó la (nefasta) creencia de que “esto no tiene remedio” y de que nadie está a la altura de los retos que tenemos delante.

16.9.07

Sobre el primer día de clase

Aunque el primer día de clase es para conocer a los alumnos, en mayor medida es una jornada para que ellos te conozcan a ti. Echad cuentas: he tenido que “conocer” a ochenta y siete alumnos diferentes en tres días y ellos, a su vez, han “conocido” a nueve profesores. Posiblemente lo significativo de las primeras clases no está en determinar qué quieres saber de tus alumnos... sino en establecer qué quieres que ellos sepan de ti. Y no resulta nada fácil esta presentación personal, porque es extremadamente complicado controlar qué mostramos y cómo lo mostramos. Yo preparo mi clase inicial con la intención de que los alumnos me conozcan como persona y como profesor, así que sobre todo me muestro trabajando. Procuro no perder de vista que somos los profesores los que estamos padeciendo una verdadera e implacable evaluación inicial! Del grupo, me conformo con llevarme una primera impresión.

Explicar las normas de convivencia durante los primeros días no es tan importante como creemos. Las normas son parecidas en todo el sistema escolar y los alumnos llevan años en la escuela: no comer en clase, no hablar gritando, levantar la mano, traer el material, respetar la puntualidad, etc. En resumen, aquello que saben... hasta los que no van a la escuela! Es más, los alumnos que no cumplen las normas son aquellos que ya no las cumplían en el colegio y, por lo tanto, el tema es de mayor calado que el de informar de las normas. Incluso tenemos, en estos primeros días, la (aparente) impresión de que los nuevos estudiantes siguen un poco más las normas que los veteranos, cuando en realidad solamente están manteniendo una prudente actitud inicial. En cambio son fundamentales para la buena adaptación las formas de funcionamiento del centro, que suelen cambiar bastante entre la primaria y la secundaria. Un raudal de profesores y materias nuevas, cambios de aula, agrupaciones diversas, asignaturas optativas... Caramba! Eso sí que desconcierta a los pequeños de primero de ESO. En mi centro recibimos a los alumnos de primero a principios de Septiembre, con el instituto vacío. El equipo docente dedica una mañana a la presentación del curso, de los tutores y de los profesores. Presentación que incluye una gimcana en la que se recorre todo el centro y en la que se realizan pequeñas actividades para presentar las aulas específicas (laboratorios, gimnasio, aulas de informática, aula de música, aula de dibujo, etc.). Y esa misma tarde, hacemos una reunión con los padres de los nuevos alumnos.


Lo que hacemos durante estos primeros días sirve para muchas más cosas de las que hacemos explícitas. Son días clave para establecer la relación pedagógica entre profesores y alumnos. En estos fundamentales días se establecen, de todas todas, las bases de la futura relación pedagógica, más allá de las normas, el temario o los nombres de los alumnos. Se crea (o no!) la posibilidad de una relación duradera y fecunda. Tanto en los grupos-clase, pues se construyen las dinámicas de los grupos, los liderazgos, las sensibilidades dominantes..., como en la relación entre nosotros y nuestros escolares.

Y hay diferentes tipologías de relaciones pedagógicas en un entorno educativo. Estas vienen mucho más determinadas por la personalidad del profesor y su concepción del aprendizaje que por el contenido de la materia o la idiosincrasia del grupo-clase. Cada profesor debe ser consciente de qué tipo de relación le será más fecunda para su buen oficio. Lo primero que se aprende el alumno es al profesor. Y ello no puede ser soslayado en la presentación inicial, a menos que dejemos al azar tan importante cuestión.

Llevo el agua a mi molino, sin duda. La institución tiene sus costumbres y sus rituales de inicio de curso, que debemos respetar. Sin ir más lejos, yo realizo algunas cosas con las que no estoy de acuerdo, pero que han sido consensuadas en el centro y que asumo en beneficio de todos. Pero no dejemos ocultos aspectos como la relación pedagógica, que va a determinar el trabajo en el futuro. Solamente haciéndolos visibles podemos reflexionar sobre ellos y tomar las decisiones más convenientes.

Y como este año en Catalunya la movilidad del profesorado ha sobrepasado todo límite razonable, me permito un apunte más, sobre el consejo inicial que se suele dar a los profesores que llegan al centro o que se incorporan al sistema educativo. A saber: “Muéstrate riguroso al principio, no dejes pasar ni una. Después ya tendrás tiempo de ir soltando cuerda, es decir, de flexibilizar tus límites”. El consejo clásico remite a un determinado rol de profesor que no necesariamente debe ser el de todos. Muchos profesores noveles que encontramos en los cursos de formación nos cuentan que siguieron ese consejo y que se sentían profundamente incómodos. Eran aquellos a quienes no convenía esta estrategia inicial porque no favorecía el tipo de relación pedagógica que ellos ansiaban conseguir en el futuro. Así que es determinante un planteamiento inicial adecuado al tipo de relación que cada docente prefiera, en coherencia con cómo es él y cómo quiere realmente trabajar en su clase.

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Me han gustado mucho las propuestas de Lourdes, de Javier y de Víctor, tan diferentes y tan sugerentes para el primer día. Además nos permiten comparar maneras distintas de trabajar, sensibilidades diversas, concepciones profesionales complementarias del aprendizaje y de las formas de enseñar. Y es que ya lo dijo Murray Schafer, en El Rinoceronte en el Aula: “Cada docente es una idiosincrasia”!

22.3.07

Diversificar sin excluir

En nuestros institutos de secundaria hemos ido reorganizando los centros en virtud de la creciente complejidad de la tarea docente, muy especialmente con el advenimiento de la LOGSE y la llegada masiva de alumnos cuyo perfil escolar –por llamarlo de alguna manera– es sumamente heterogéneo.

Así pues, hemos ido aprovechando posibilidades organizativas que el sistema nos permite para hacer “adaptaciones curriculares”, “grupos de refuerzo”, “atención individualizada”, “créditos variables de ampliación”, etc. No voy a ser yo quien haga un juicio precipitado sobre la conveniencia de realizar agrupaciones diversas respecto a los alumnos, pues su evaluación debe hacerse in situ, ya que depende de cuál es su finalidad y cuáles son sus resultados. Es decir, en cada caso se debería determinar si la “nueva agrupación” no pretende excluir a los alumnos sino darles mayores oportunidades de aprendizaje y de éxito escolar. Y, por otra parte, si efectivamente se han conseguido mejoras reales en el aprendizaje de los alumnos. No comparto la idea de algunos pedagogos que consideran que las agrupaciones homogéneas son siempre segregadoras y que un sistema comprensivo debe ser sinónimo de “todos juntos” a cualquier precio. En mi centro, por ejemplo, los equipos docentes hacen una propuesta de agrupación para el curso siguiente que es asumida por el equipo docente que recibe a los alumnos, de manera que no hay un patrón fijo de agrupaciones, sino que depende de cada promoción, de las dinámicas de trabajo de cada grupo-clase e incluso del talante del equipo de profesores que analiza los grupos con criterio propio. Así, cada año, las agrupaciones son diferentes en función de las necesidades de los alumnos, cosa que me parece una verdadera mejora: sabemos qué agrupaciones tendremos y podemos preparar el nuevo curso en mejores condiciones.

Sin embargo, bajo los diferentes criterios de agrupación sigue predominando la idea de homogeneidad. Es decir, adoptamos formas más afinadas y ajustadas, pero seguimos considerando que las agrupaciones deben formarse con alumnos con características comunes para poder trabajar con todos y hacer, más o menos, “las mismas cosas”.

Creo que posiblemente deberíamos plantearnos la diversificación como una necesidad que va más allá de las agrupaciones heterogéneas o las mal llamadas “atenciones individualizadas”. La diversificación debería formar parte de la naturaleza misma de cada clase en cada una de las disciplinas. No hay una forma de trabajar, un currículum adecuado o unos objetivos de aprendizaje que sirvan para todos. Perseguir este justo medio es una quimera, no responde a las necesidades reales de los alumnos y acaba significando un empobrecimiento de sus posibilidades, a pesar de las buenas intenciones que ponemos los docentes.

Cada alumno es diferente y hay que asumirlo sin grandes proclamas ni aspavientos, modestamente, juiciosamente, serenamente. E intentar la diversificación con todos los alumnos en pequeñas dosis, de forma paulatina y, a ser posible, compartiendo con otros profesores las incertidumbres que sin duda surgirán. Y, por supuesto, con la participación activa de los propios alumnos, pues semejante proyecto implica un cambio serio en una cultura escolar basada en la uniformidad de ejercicios, exámenes, formas de trabajar, etc. Mi experiencia en ese sentido es muy estimulante porque asumir la diversificación como la forma natural de organizar nuestro trabajo en clase procura que cada alumno encuentre su espacio sin exclusiones. Y diversificar sin excluir es, a mi entender, el gran reto de la escuela actual. Así que habrá que ponerse a caminar, a ver hasta dónde somos capaces de llegar!


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Tengo noticia de una conferencia de José Antonio Marina, a través de Aulablog21 de Francisco Muñoz y, después de escucharla me quedo con el ánimo encogido: el filósofo defiende “un justo medio” en la secundaria obligatoria y “una enseñanza de calidad” [18'] en el Bachillerato! Vale la pena seguir la conferencia para ver que sus intenciones son loables, pues desea, por todos los medios, que los alumnos no abandonen el sistema escolar, ya que eso les conduce irremediablemente a la exclusión social [15']. Pero no a costa de “rebajar los niveles”, maestro. Y es que Marina parte de una idea homogénea de la clase [17'] y desatiende el hecho radical de que los alumnos son todos diversos y de que incluso los que van a cursar bachillerato... cursan la ESO. Este justo medio no hace más que condenar finalmente a los alumnos con menos recursos –intelectuales, culturales, económicos, etc.- y empobrecer a los que tienen más posibilidades. La conferencia, por otra parte, es bastante divertida y aporta también algunas ideas sobre la “pedagogía de los recursos” . Y en eso, sí, el profesor Marina da en la diana.

1.1.06

Archivo de entradas

ENERO 2006
Qui escriu aixó? / ¿Quién escribe esto? 8.1.06
Formació del professorat interí. I això, de què va? 13.1.06
Un homenaje a nuestros maestros 28.1.06

FEBRERO 2006
Programa de formación de profesores interinos 7.2.06

MARZO 2006
La relación pedagógica ( 1 ) 8.3.06

ABRIL 2006
La relación pedagógica ( 2 ) 14.4.06
Consideraciones sobre un "buen" e-learning 16.4.06
Lo más importante de mis clases 17.4.06

MAYO 2006
Diez desafíos para los formadores de profesores 12.5.06
Consideración social de "los" maestros o de "mis" maestros? 21.5.06


JUNIO 2006
Un ejemplo de las "pedagogías del problema": Apuntelypsis Now! 12.6.06
La innovación, que sea en el aula 17.6.06
Más sobre "pedagogías del problema": las máquinas de Rube 21.6.06
El profesor: una esponja pegada como una lapa 25.6.06
Marta Mata (Barcelona, 1926-2006) 27.6.06

JULIO 2006
Las preguntas de los alumnos 21.7.06

AGOSTO 2006
El tacto pedagógico 25.8.06

SEPTIEMBRE 2006
Competencias, conocimientos, capacidades y habilidades 6.9.06
¿Qué hacen los mejores profesores? 14.9.06
Claves para una buena WebQuest 17.9.06
Decisiones educativas, decisiones políticas 29.9.06

OCTUBRE 2006
La formación del profesorado: la práctica reflexiva 7.10.06
Evaluación y WebQuest 19.10.06
La (falsa) formación inicial del profesorado 30.10.06

NOVIEMBRE 2006
La profesionalización del docente 18.11.06

DICIEMBRE 2006
Vocación y sensibilidad pedagógica 13.12.06
Feliz Año Nuevo y comentario off-topic 29.12.06

ENERO 2007
El estatus del error en la escuela 22.1.07

FEBRERO 2007
Sobre mis colegas antipedagógicos 18.2.07

MARZO 2007
Diversificar sin excluir 22.03.07

ABRIL 2007
Enseñar alguna cosa a alguien 04.05.07

MAYO 2007
El nuevo bachillerato 05.06.07

JULIO 2007
Competencias digitales, glosa al meme de Ayerbe 18.07.07

AGOSTO 2007
Cinco blogs que me hacen pensar 26.08.07
Libros de texto 31.08.07

SEPTIEMBRE 2007
Sobre el primer día de clase 16.09.07
Mejorar versus innovar en educación 29.09.07

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Educación y consignas 15.10.07
Condiciones para el cambio educativo 27.10.07

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Feliz Año 2008 y comentario off-topic 29.12.07

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Quien tiene un blog educativo tiene un tesoro 4.1.08
No voy a hablar del informe PISA... 25.1.08

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Evaluación y confianza en educación 21.2.08

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Internet en el aula: notas personales, improvisadas, inconsistentes 4.7.08

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Las TIC deben cambiar el reloj por la brújula 7.8.08

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La competencia digital, una propuesta 21.03.09

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Wiki sobre la competencia digital 14.05.09

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Plan Escuela 2.0 y el caballo de Troya 1.09.09
Un, dos, tres... Escuela 2.0 otra vez 12.09.09
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